Postal de Washington 1983: César Egaña, por Gustavo Coronel

Postal de Washington 1983: César Egaña, por Gustavo Coronel

Gustavo Coronel

César Egaña Pietersz

 

A principios de 1983 estaba yo en Harvard, como Investigador Asociado en el Centro de Estudios internacionales (Fellow), terminando de escribir un libro sobre la Nacionalización de la Industria Petrolera venezolana (publicado por Lexington Books, 1993, 1994). En esos días recibí una llamada de un funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo, basado en Washington, quien me dijo que el banco estaba interesado en entrevistarme para una posición de Especialista en Energía, la cual sería llenada por concurso. Como yo estaba listo para reintegrarme a lo que en Harvard llaman “la vida real”, accedí a la entrevista, la cual se realizó poco después y fue seguida por dos entrevistas adicionales. Lo cierto es que gané el concurso, al cual asistieron unos 50 candidatos y se me ofreció la posición. En el BID permanecí por seis años, hasta mi regreso a Venezuela en 1989, cuando decidí, erróneamente, que Venezuela me necesitaba.

Esos años en Washington fueron maravillosos. Con el producto de la venta de nuestra casa en Caracas pudimos adquirir una casa en la zona de Bethesda, suburbio de la capital, en una pequeña calle ciega llena de árboles y rodeada de jardines primorosos llamada Kenfield Court. Poco a poco fui conociendo a la colonia venezolana de aquellos años, comenzando por la familia del Dr. Matheus (+), quien se hizo nuestro médico y los venezolanos del Banco, entre ellos Tomás Rodríguez Müller, Armando Chuecos, Kenneth Mathison (+), Antonio Vives, Carlos González Naranjo (+), Noemí Peschard, Aracelis León, Maritza Izaguirre, Guillermo Pimentel (+) y algunos otros compatriotas que se me escapan de la memoria. Hice amistades con todos ellos que han durado muchos años, ahora consolidadas y aumentadas con nuevas amistades hechas durante mi actual etapa en la zona de Washington, esta vez una etapa sin regreso.

En aquellos años de la década de 1980 también frecuenté a dos venezolanos excepcionales, quienes se encontraban en Washington en actividades relacionadas con el Fondo Monetario Internacional: Mauricio García Araujo (+) y César Egaña Pietersz. Ellos vivían relativamente cerca de mi nuevo hogar y comencé a visitarlos en sus casas. Mi esposa Marianela se hizo muy amiga de Irene, la esposa de Mauricio y de Berta, la esposa de César, una amistad que se hizo muy estrecha e incluyó a todos los miembros de nuestras familias, una vigorosa y bella amistad que continúa hoy .

Comencé a ir con frecuencia a la casa de César Egaña, la cual estaba a unas 10 cuadras de la mía. En esa primavera de 1983 caminábamos juntos, conversando de todo un poco, compartiendo nuestra admiración por los cerezos en flor que proliferaban en la zona. César era hijo de Corina Pietersz Rincón, descendiente de familias de Maracaibo y Trujillo, y de un notable venezolano, el Dr. Manuel Egaña (1900-1985), de destacada actuación en los primeros años de la democracia venezolana post gomecista en el campo de la legislación y políticas petroleras. César era uno de siete hijos de la familia. Estaba casado con Berta Toro, a quien rápidamente comenzamos a llamar Bertica.

Estar con los Egaña era una fiesta. Berta mostraba un sentido del humor muy fino y César, siempre sonriente, le llevaba la corriente. Era difícil estar con ellos sin reír alegremente. De aquellas caminatas con César recuerdo su amor por el campo venezolano, por la gente de nuestra provincia. Su padre era llanero, creo que nacido en Zaraza y César tenía una finca, no sé si en esa zona, en la cual pensaba constantemente y adonde viajaba a cada posible oportunidad.

César era un economista y su amor era el agro y la agroindustria. A su regreso a Venezuela se dedicó a esta actividad y, además de trabajar su finca, fue gerente general de INDULAC durante la década de 1990, así como asesor de varias empresas del sector.

En una ocasión, hablando de música, le comenté que me gustaba mucho la Fuga Criolla de Juan Bautista Plaza. César me comentó que el compositor era tío político suyo, casado con la pianista Nolita Pietersz Rincón, hermana de su mamá, Corina.

Ah, le dije: “entonces eres primo de Gonzalo Plaza, un gran caballero”. El mundo venezolano es ( o era) pequeño y estrechamente interconectado.

Con los Egaña y García Araujo pasamos numerosos momentos agradables. En especial recuerdo una noche de navidad en casa de Mauricio García Araujo, celebrada en medio de una nevada espectacular. Esa noche andábamos con nuestro primer nieto, a quien llevábamos en una cesta, de meses de nacido.

Fue una noche de navidad nórdica enriquecida con los ingredientes de cordialidad, olor y sabor de hallacas y pan de jamón de nuestra patria.

Regresamos a Venezuela y seguimos en contacto con nuestros buenos amigos hechos en Washington. Tuvimos varias ocasiones para reanudar nuestra amistad, la sal de la vida.

Acabo de recibir la triste noticia del fallecimiento de César en Caracas.

Cerré los ojos por un instante y lo vi tan joven y tan alegre como solía verlo en nuestras caminatas de 1983, siempre sonreído. Era un hombre cordial, con esa cordialidad de los venezolanos mejores.

Pasé muchos años sin verlos, a César y Bertica, pero nunca dejamos de estar en contacto. En especial, Marianela y Bertica se hablaban con mucha frecuencia por internet, una amistad que solo la muerte de Marianela pudo interrumpir.

Dejo aquí un emocionado recuerdo para mi querido César, el cordial César de mis primer año en Washington, tan bondadoso y tan venezolano en el mejor de los sentidos. Esa primavera fue para nosotros inolvidable, los cerezos, el sol radiante, el calor venezolano de las familias Egaña y García Araujo.

Ahora, con la partida de Marianela, sé, queridos Egaña, que no hay recuerdo – por más dulce que sea – que pueda llenar el vacío de la ausencia. Sé que la ausencia de César les dejará un vacío imposible de llenar.

Un estrecho abrazo solidario para Bertica y sus hijos e hijas, una familia ejemplar, a la cual llevamos en el corazón.

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