Armando Chaguaceda: La coyuntura cubana

Acabamos de asistir a una nueva razia represiva contra el artivismo autónomo en Cuba. El pasado sábado resucitaron los añejos actos de repudio. Fueron dirigidos contra intelectuales y activistas ligados al Movimiento San Isidro, el Instituto Hanna Arendt y el proyecto Parque Horizontal. Todos los vimos en las redes, incluidos quienes viven en la isla. Si la condición ciudadana supone un saber, un poder y un querer, la primera variable -la información- no es más una excusa para mirar al lado. Alegando “no conocer lo que pasa”.

Trataré de salir de la indignación que me producen esas imágenes y testimonios, para apuntar dos reflexiones. La primera sobre el fenómeno en sí: acerca de las formas que adoptan la movilización y represión en la Cuba actual. La segunda sobre nuestro rol como “intelectuales” ante esta escalada miserable.

Sobre el primer tema, vale la pena insistir en que los cubanos no somos peores que otros pueblos que han sufrido ese dominio. No estamos “ontologicamente” condenados a la servidumbre. Se trata del legado totalitario. El mismo que sobrevive, aún, en Rusia y Bielorrusia. Dos países más desarrollados que Cuba. Donde hay oposiciones legales, uso masivo de redes sociales y décadas de postcomunismo, pero subsisten millones de personas que reproducen el discurso estalinista. Son los movilizados por Putin y Lukashenko. El Homo Sovieticus -expresión eslava del Homo Totalitarius- tiene hondas raíces y huellas perdurables. En Cuba tenemos la versión “tropicalizada”, material y espiritualmente diferente, de ese tipo de sujeto.

Me atrevería a decir -con base a diversas observaciones- que en Cuba coexisten hoy tres segmentos políticos poblacionales: Una minoría crítica, policialmente asediada pero paulatinamente creciente, brava y creativa. A su lado vegeta una mayoría expectante y pasiva. La cual, ante un evento imprevisto, se sumaría a lo que sea por destruir aquello. Incluso con violencia insospechada, proporcional a su frustración y rencor acumulados.

Ambos grupos padecen la opresión de la (otra) minoría leal, que apoya activamente el sistema por dogma, beneficio o por una mezcla de ambos. La que reúne en sus filas a la minúscula élite, a sus funcionarios leales -incluidos los represores- y a “eso” que se ve en las imágenes de la represión sabatina.“Eso” que remite a lo que Marx llamaba “lumpen proletario”. Se trata de sectores populares envejecidos y empobrecidos, desclasados y desciudadanizados. Gente cuya cultura política es la personalidad autoritaria que diagnosticó la Escuela de Frankfurt, en su estudio sobre el proletariado del nazismo.

En la tensa coexistencia de ambas minorías con la mayoría silenciosa reside la clave de todo. Las bases del estropicio resiliente y, también, de los trasfondos para la esperanza que la tiranía no ha logrado asesinar. La esperanza activa que les tiene preocupados. Recomiendo mucho leer las últimas reflexiones de Jorge Ferrer, alguien tan lúcido como poco proclive al lirismo fácil. Alguien que hizo parte de los primeros movimientos contraculturales del poscomunismo cubano. Ferrer llama ahora la atención sobre los cambios sociales, tecnológicos y cívicos en la Cuba actual. Lo que permite comprender la barbarie de estas jornadas.

En cuanto al rol de los “pensadores” ante la escalada incivil, seré breve. La naturaleza de los acontecimientos interpela a todo el campo intelectual relacionado con la “cuestión cubana”. Ha indignado mucho a much@s la violencia desatada contra gente respetada, en lo profesional y lo cívico, como la profesora Anamely Ramos. Lo cual está muy bien . Pero ….

Los intelectuales cubanos, en la isla y la diáspora ¿seguiremos alzando la voz solo cuando tocaron a alguien que conocemos? ¿A alguien del “gremio”? Si hay capacidad en nosotros para solidarizarnos por los indignados de medio mundo -cuyos rostros y calles no conocemos- ¿por qué somos aún tan reticentes para aplicar ese mismo rasero a lo qué pasa en Cuba? ¿Hasta cuando seguiremos siendo capaces de posturas “estructurales” cuando las represiones pasan fuera y “casuísticos” con la descojonacion se produce en San Isidro o Contramaestre?

¿Cómo pueden los tecnólogos políticos seguir escribiendo tranquilos sobre “reformas al sistema” cuando el sistema demuestra con estas patadas su vocación de anquilosarse? ¿De verdad no sienten que hemos llegado a un punto donde toda reflexión erudita que evade llamar las cosas por su nombre no es más tolerable? ¿Hasta donde el postureo y el descaro?

Leer las reflexiones de intelectuales como Teresa Díaz, Alina López, Tania Bruguera y la propia Anamely Ramos, escritas en medio de esas mismas circunstancias, son el más rotundo NO a la nada cortesana que aún caracteriza a parte de la intelligentsia insular.

La solidaridad lúcida y valiente de pensadoras cómo Mabel Cuesta, Hilda Landrove o Coco Fusco revelan, desde la diáspora, que los premios y castigos del régimen a sus exiliados no bastan a todos para “portarse bien”. Ellas se han alzado sobre el miedo que a todos nos asecha. Ellas han demostrado, resignificando aquella consigna alteractivista, que otra intelectualidad mejor es posible. Inclusive en la Cuba insular y trasnacionalizada.

La coyuntura cubana ha adquirido niveles de conflictividad biopolíticos. La represión se facistiza, reviviendo viejos fantasmas. La resistencia se vuelve más comunitaria, más interseccional y más transideológica. Nuestros miedos, silencios, rebeldías y complicidades se ponen en cuestión.

Recordemos hoy aquellas palabras del inmenso Howard Zinn: “Lo que elijamos enfatizar en esta historia compleja determinará nuestras vidas. Si sólo vemos lo peor, lo que vemos destruye nuestra capacidad de hacer algo. Si recordamos los momentos y lugares –y hay tantos…– en los que la gente se comportó magníficamente, eso nos dará la energía para actuar, y por lo menos la posibilidad de empujar a este mundo, que gira como un trompo, en otra dirección”.

Cambiemos al mundo por el barrio -que es, a fin de cuenta, nuestra patria inmediata en este mundo pandémico y confinado- y sumémosle la comunidad de destino, sean gremio o nación. Allí residen, creo, buenas razones para intentar una existencia digna de ese nombre.


Armando Chaguaceda es politólogo e historiador Especializado en el estudio de los procesos de democratización y ‘autocratización’ en Latinoamérica y Rusia.

Este artículo se publicó originalmente en CiberCuba el 13 de octubre de 2020