Julio Márquez: El reactor de Wuhan

Hace exactamente un año, justo cuando el canal por suscripción HBO transmitió la temporada final de Game of Thrones, una de las series de televisión más exitosas de los últimos tiempos, se anunció el lanzamiento de una miniserie llamada Chernobyl, cuya trama giraba alrededor del tristemente famoso desastre nuclear que tuvo lugar en la ciudad del mismo nombre, durante 1986 y bajo el férreo dominio de la Unión Soviética.

Chernobyl no la tuvo fácil, pues, saliendo a la luz pública justo después del fin de otra serie con un éxito de tamaño colosal, tenía por delante una vara muy alta que superar. Sin embargo, pasó la prueba de manera sobresaliente, pues la crítica internacional calificó muy bien su producción e historia que se centró en el papel que Valery Legasov, científico y miembro de la Academia de las Ciencias de la Unión Soviética, jugó en el tránsito de tan traumática coyuntura.

El 26 de abril de 1986, a la 1 y 23 minutos de la madrugada, se inició en la planta nuclear de Chernobyl, oficialmente llamada Vladimir Ilich Lenin, una prueba de seguridad cuyo objetivo era evaluar el desempeño de su sistema de enfriamiento de los núcleos de sus cuatro reactores en caso de que sucediera una falla eléctrica. A la impericia de unos técnicos demasiado jóvenes e inexpertos, mezclada con la tozudez de un supervisor, se le sumó un error de diseño, hasta entonces desconocido, en el funcionamiento del sistema de apagado de los reactores modelo RBMK; y entonces, sucedió lo impensable, explotó el reactor número 4 y el mundo entero se vio amenazado.

La reacción inicial de las autoridades soviéticas fue la propia de cualquier burocracia de un Estado totalitario: negar la realidad, censurar aún más la libertad de expresión y cortar todos los canales de comunicación para que la noticia no se esparciera más allá de las fronteras de la ciudad. Los burócratas del partido comunista ucraniano, temerosos de reportar malas noticias a Moscú, minimizaron el accidente haciendo ver que lo ocurrido no era más que un simple incendio que estaba siendo atendido por un cuerpo regular de bomberos, algo que, al cabo de pocos días, sino incluso de pocas horas, debía estar bajo control.

Es aquí cuando entra en escena la figura de Valery Legasov, quien, habiendo sido invitado a una reunión de emergencia del gabinete soviético para tratar lo sucedido en Chernobyl, se atrevió a contradecir la versión oficial que daban los burócratas ucranianos, y que le repetía Boris Shcherbina, vicepresidente del consejo de ministros, a Mikhail Gorvachev. Esta imprudencia pudo haberle costado la vida (que a los años la perdió a causa del ostracismo totalitario), pero sirvió para salvar la de millones.

Por estos días pandémicos muchos han señalado que Wuhan es el Chernobyl de los chinos, pero la verdad es que Wuhan es mucho peor que Chernobyl. Los soviéticos no pudieron ocultar la verdad por mucho más tiempo que unos pocos días, pues el mundo, alarmado ante los crecientes niveles de radioactividad registrados en varias ciudades europeas sin causa aparente, no tardó en concluir que algo muy grave había sucedido en la planta nuclear de Chernobyl. En cambio, el gobierno chino, sobre la cúspide de un tipo ideal de Estado totalitario, sí pudo esconder la verdad de lo que sucedía en Wuhan por varios meses, minimizando primero el brote viral y, luego de que ello no era posible, posicionando teorías conspirativas para hacer ver a otros como los culpables la calamidad.

La primera voz que se levantó para alarmar a la opinión pública sobre la aparición de un nuevo virus en China fue la de Li Wenliang. Li se desempeñaba como médico del hospital central de Wuhan, y, en diciembre del 2019, hace casi cuatro meses, escribió en un grupo de WeChat (un programa chino que hace las veces de WhatsApp y que es sumamente monitoreado por el Estado), su preocupación por la aparición de una enfermedad que causaba un cuadro de neumonía que no cedía ante ningún tratamiento regular. Ello trajo como resultado que la policía de Wuhan buscara a Li, lo detuviera y lo hiciera firmar una declaración pública obligándolo a retractarse de sus comentarios, induciéndolo a acusarse a sí mismo de esparcir rumores e informaciones malintencionadas. A los días, Li murió luego de que su cuerpo colapsara luchando contra el Covid-19.

Sin embargo, la supresión de información y la censura del gobierno chino ante lo que se gestaba en Wuhan no aflojó. La Organización Mundial de la Salud, ente burocrático que monitorea y recomienda políticas sanitarias a escala global, basándose en informaciones suministradas por autoridades chinas, afirmó el 14 de enero que no había evidencia alguna que apuntara a decir que el Covid-19 se transmitía de humano a humano, ello a tan solo una semana de iniciarse el confinamiento de varias ciudades chinas.

De igual forma, en pleno apogeo de la crisis pandémica, las autoridades chinas ofrecieron cifras que sirvieron para condicionar de manera desafortunada a muchos países europeos y americanos ante el arribo de la enfermedad, subestimando un peligro ya revelado como mortal. Según el gobierno chino, un poco más de 80.000 de sus nacionales han resultado contagiados por el Covid-19, traduciéndose ello en 3.331 muertes por ahora. No obstante, data reciente sugiere que dichas cifras no están ni remotamente cercanas a la realidad. La revista The Diplomat señala que el uso de teléfonos celulares en China cayó en más de 21 millones de usuarios, algo absolutamente inusual en un país que atraviesa por una cuarentena estricta, algo que, indica la lógica, debería suponer un aumento del uso de la telefonía celular y no una disminución tan drástica. De igual forma, el periódico Washington Post, basándose en el número de urnas despachadas en Wuhan, sugiere que el número de muertos en la ciudad es de al menos 40.000, 16 veces más de lo que informan las autoridades locales.

Lo cierto es que 4 meses después de que Li Wenliang alzara su voz sin correo la misma suerte que tuvo a primeras de cambio Valery Legasov, el mundo entero se encuentra confinado a un encierro involuntario porque el reactor del mercado de mariscos de la ciudad de Wuhan estalló, exponiéndose al aire libre y contaminando, con la anuencia de un gobierno dictatorial que pretende por medio de la propaganda hacerle control de daños a su imagen, a literalmente todo el mundo.

Las emergencias en dictadura matan, y matan más allá de sus fronteras.