Juan Guerrero: La peste venezolana

La mal llamada gripe española, que se inició en las barracas de los soldados norteamericanos que esperaban embarcar a Europa para la Gran Guerra, llegó a Venezuela a finales de septiembre de 1918.

La devastación que dejó esa pandemia en nuestro país no fue tanto por la enfermedad como por las deplorables condiciones socio sanitarias y de una frágil infraestructura médico asistencial que existía en una palúdica nación sometida por la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Pero en realidad la inmensa cantidad de muertes (más de 80 mil fallecidos) que ocasionó la gripe española se debió a las condiciones nutricionales de una población subalimentada, desnutrida y que estaba expuesta a las continuas epidemias de malaria, difteria, y sobre todo tuberculosis.

Las reseñas indican que los muertos se contaban por centenares, en las calles de las ciudades y a la vera de los caminos. Muchos de ellos debieron ser incinerados o sepultados en fosas comunes, como el caso de un espacio que fue habilitado en el cementerio municipal de Caracas, conocido como La Peste.

La censura impuesta por la dictadura desde su inicio ocultó la realidad de la epidemia y no fue sino después que se registraron los primeros casos, cuando designó una junta de médicos para hacerle frente a tan devastadora enfermedad.

Traemos esta historia a colación porque lo que está ocurriendo en la Venezuela del siglo XXI, es, prácticamente, una especie de dejavú tropical, pero recubierto con la sofisticada realidad virtual globalizada de los medios de alta tecnología.

En las pocas ocasiones que he salido de mi casa para hacer colas en procura de gasolina para mi vehículo (que ya no es posible obtener) los comentarios que escuché son insólitos. La gente teme más ir a un hospital que contraer el virus chino del coronavirus. –Y eso por qué?, preguntaba. La respuesta siempre era casi igual. Las precarias condiciones de los hospitales, ambulatorios, dispensarios y los destartalados centros de atención integral (CDI), aunado a la ausencia de medicinas, equipos médicos y hasta útiles para la limpieza, presentan un verdadero cuadro dantesco en todos esos centros sanitarios que los convierten en verdaderos antros donde el riesgo de morir por las llamadas bacterias hospitalarias son una constante realidad.

-No sólo es el riesgo de contraer una bacteria hospitalaria. Me comentaba la doctora en la última cola para la gasolina, que hice la semana pasada (20 de marzo, desde las 3:30 am., hasta la 1:45 pm.) en medio de un sol sofocante que muy posiblemente desintegró –si es que andaba por ahí- al coronavirus. -También son las condiciones nutricionales –continuaba comentando la doctora- por las que atraviesa la población venezolana. La sub alimentación, desnutrición, y sobre todo la proliferación de enfermedades vinculadas con el hambre, como la tuberculosis, o por las condiciones de insalubridad por falta de agua potable en todos los estados del país y que se agrava en las zonas populares, donde los brotes de cólera son constantes. Además, la presencia de la malaria en Venezuela es algo ya endémico y no sólo se observa en las zonas selváticas de sur del país, sino también en ciudades, como Caracas y Maracay.

-Pero dentro de toda esta terrible realidad que padecemos, algo bueno nos ocurre, -me comenta. -La población venezolana, en general, al estar expuesta al ambiente por tener que pasar largo tiempo en colas para buscar comida, agua, gas, o leña para cocinar, a la vez adquiere anticuerpos que le permiten tener defensas naturales.

En Venezuela no es posible obtener cifras certeras por la pandemia del virus chino porque la información oficial está politizada, sesgada y no se corresponde con las tendencias estadísticas del comportamiento mundial de la pandemia.

Por las calles observo que la casi totalidad de quienes estamos fuera de la casa, llevamos mascarilla y respetamos la distancia de un poco más de un metro para evitar la contaminación. La población de los estratos más bajos acata las indicaciones y se mantiene informada por el llamado “comentario vecinal” de quienes traen y llevan chismes de última hora.

Pero es casi imposible que el venezolano esté encerrado en su casa. Lo primordial: más del 85% de la población vive del día a día. Si no sale a la calle a trabajar no puede comer. Así de simple. Además, la urgencia para obtener agua potable para tomar –antes que lavarse las manos- es de vida o muerte. También debe buscar gas o leña para cocinar.

Pero mientras transcurren las horas y los días se acortan los espacios y el virus chino se siente más y más cerca. Poco a poco vienen los comentarios, las noticias sin confirmar pero que dicen que cerca, ya hay dos casos confirmados. Por las redes sociales, -que es lo más creíble- informan que un vecino dio positivo.

Uno siente el virus muy cerca. Se potencia por la incertidumbre, por la censura del régimen, por el temor a quedarte sin gasolina y no poder salir a comprar víveres. Por la arbitrariedad de los paramilitares (colectivos) que ahora están haciendo de las suyas y te matan si te ven por la calle.

En Venezuela las estadísticas oficiales no son confiables. No es posible creer en esos números rojos-rojitos. Tampoco confiar en la medicina cubana que trae un llamado medicamento (interferón) como panacea que lo cura todo. Ya los investigadores lo han refutado e indican que fue desarrollado en Europa en los años ’50. Pero los jerarcas del régimen siguen insistiendo que están preparados y suman miles de camas para primeros auxilios, otras más con equipos de ventilación. Pero el venezolano, en general, prefiere creer en su vecino, quedarse en su casa, atenderse con los remedios de la abuela, de la tradición, como el hacer inhalaciones (vaporizaciones) con agua hirviendo (más de 56 grados) y desintegrar ese bicho.

En Venezuela la realidad es muy particular. Por las condiciones socio sanitarias tan desastrosas, y por el régimen totalitario imperante, que desde hace años nos mantiene encerrados, censurados. Aunque la población sabe que debe respetar las medidas sanitarias –y lo acata- le es muy cuesta arriba cumplirlas. Además, es preferible quedarse en casa y morir dignamente antes de quedar expuesto a la insalubridad, humillación y degradación humana que significa caer en las garras de inescrupulosos jerarcas de un régimen criminal que todo lo politiza y usa a su favor para seguir en el poder a costa de la vida de los más vulnerables.

(*) camilodeasis@hotmail.com TW @camilodeasis IG @camilodeasis1