Laureano Márquez: Ya lo llaman Delcygate

 

Como el Watergate, que llevó a Nixon a renunciar a la presidencia de los Estados Unidos, la visita de la segunda a de a bordo se ha convertido en un escándalo que compromete ya a la presidencia de Pedro Sánchez, el primer ministro y casi rey de España.

Un velo de misterio se teje sobre las 14 horas que pasó en Madrid la susodicha: que si no bajó del avión, que sí lo hizo pero sin pisar suelo español (quizá el suelo español está en el subsuelo), que si hablaron fue poquito, «que no, !pardiez! que fueron 25 minutos», dicen los contrarios, «pero 24 de un silencio ensordecedor», argumentan ellos en su defensa.

El ministro se esconde, la eurocámara debate el caso. En fin, ella debe estar feliz, en el centro del debate mundial.

En medio de esta empanada gallega en la que se ha metido el nuevo gobierno de España con el tema, se produce una inesperada visita del inefable Rodríguez Zapatero a Venezuela para reunirse con el que te conté y la susodicha.

Esto viene a echarle leña al fuego. Sea que Zapatero haya acudido «motu proprio» o enviado por el gobierno de la «mae patria», esto, como diría Rafael es un escándalo, ¡escandaaaalooo!, por el comprometedor momento en que se produce.

Nada es azaroso en relaciones internacionales y si en algo hay cálculo es en la diplomacia, en la diplomacia y en la complicidad. Lo que está claro es que quien tiene aquí la sartén por el mango es la susodicha, porque ella puede chantajear al gobierno de allá diciéndole: «si no hacen tal cosa o tal otra, hablo y lo cuento todo».

Si en algo está clara esta gente es en la cantidad de desprestigio que son capaces de proporcionar, más si el despresitigiable ya de por sí, ayuda. Además, lo que juega a su favor es que ella no tiene por qué decir la verdad -si la hubiere-, puede inventarse que anduvo de paseo por la Gran Vía y hasta mostrar la factura de la compra de una cartera Carolina Herrera en el Corte (que ya no es inglés por lo del Brexit).

El caso es que el parlamento europeo, es decir, la versión contemporánea del Sacro Imperio Romano Germánico, debate hoy si el Delcygate violó las sanciones impuestas por la Comunidad Europea al régimen venezolano. Tremenda complicación para España.

Una pregunta inocente surge de todo esto: ¿por qué Sánchez arriesga tanto en la defensa de un régimen que todo el mundo democrático condena de manera unánime? Súmese a lo anterior la negativa de recibir a Guaidó, cuando las principales democracias del mundo lo hacían y él mismo lo había reconocido tiempo ha (que es lo de menos porque parece el presidente español tiene una capacidad de desdecirse que ya hubiese querido aprovechar humorísticamente el gran Gila).

Cuando uno medita un poquito en la respuesta, todas las opciones conducen a lo metálico (no hablo del hierro ni del aluminio), porque de otra manera no se explica por qué correr tamaño riesgo, amenazando la estabilidad de su propio gobierno al producir la animadversión del resto de los gobiernos europeos y del de los Estados Unidos.

Una causa tiene abierta, por cierto, en España el exembajador de Zapatero por algo relacionado con 38 millones de dólares de PDVSA, solo por comentar.

Dicho de otro Morodo, parece que aquí parece que todo el mundo sabe algo de alguien.

Ya lo llaman Delcygate.